DUBAILAND



Aleix Plademunt recorre Dubai como quien hojea un libro de imágenes. En algunas se detiene, las aísla y las convierte, a su vez, en imágenes. Imágenes de imágenes, pues, pero atención: en esas imágenes de Dubai que elige para convertirlas en imágenes, fotografías para ser más exactos, está presente el mundo contemporáneo, el mundo en el que vivimos todos nosotros, en el que los avances de la ciencia y la tecnología adquieren cada día más fuerza y de forma más espectacular, especialmente a través de las imágenes que ese mundo da de sí mismo. Dicho de otra forma, en esas fotografías descubrimos el proceso de «puesta en abismo» característico de nuestra época, al que no solemos prestar excesiva atención porque a diario nos vemos inmersos en ese movimiento que nos lleva constantemente de aquí para allá, de la realidad a la ficción y de la imagen a la imagen. Ese vértigo viene inducido por los distintos medios de comunicación, que creemos manipular, cuando en realidad son ellos los que nos manipulan a nosotros, y si nos parece natural es porque hemos perdido la capacidad de controlarlos. Pues bien, hay lugares en los que es tan fuerte, como por un efecto «amplificador», que funciona un poco como una señal que hay que saber percibir y descifrar. Y es ahí donde interviene la fotografía de Aleix Plademunt, con una eficacia cuyos mecanismos me gustaría analizar brevemente en estas líneas.

Dubai no es Disneylandia, no se presenta oficialmente como un parque temático separado del mundo que lo rodea por una frontera (la que divide ficción y realidad). Claro que, incluso en Disneylandia, esa frontera se relativiza o está en vías de desaparición. En el interior de los parques creados por Disney hay comercios y lugares donde se practican distintas actividades que para el estadounidense medio son normales y familiares, y en el exterior de esos recintos están los hoteles, los pisos o incluso (como en el caso de Disneyland París) una ciudad con la marca Disney, si bien se sitúan fuera el ámbito de la ficción reconocida como tal. En las fotografías de Aleix Plademunt, ese tema de la «no frontera» se retoma a modo de leitmotiv, o más bien como variación modulada en varios ritmos. En ellas vemos cómo se borra, de forma sistemática, la frontera entre tecnología y arte, entre microcosmos y macrocosmos, entre función y representación, y en cierto modo esa eliminación es lo que fija el fotógrafo en la película.

¿Qué diferencia hay entre el cuatro por cuatro gigante que domina la carretera y el que circula por ella? ¿El coche de ruedas enormes y a simple vista desmesuradas que aparca en un garaje en forma de pirámide es una fantasía o el medio más eficaz para conducir por la arena del desierto? Dentro del globo terráqueo con ruedas al que se entra por una puertecita tras haber subido por una complicada escalera metálica, ¿hay un laboratorio o una atracción? ¿O tal vez es un objeto de arte para nuestra mirada y reflexión?

El tema de la supresión de la frontera viene de la negación, o más bien es el origen de toda una serie de negaciones que se ponen en escena sistemáticamente: negación de la muerte (las esculturas de los elefantes y de las jirafas impresionan más que los propios animales vivos), negación del clima (como si la verdad se situara del lado de los oasis o las nieves artificiales) y negación del desierto (en el que se edifican las ciudades más modernas).

Sin embargo, hay otras imágenes que, ante el oropel de los clichés de la modernidad tardía, evocan la eternidad de la tradición beduina: el desierto, la caza, el halcón, el caballo. ¿Cómo se puede cambiar sin cambiar? He aquí la obsesión de todos los que entran en la modernidad con recelo. Hay toda una serie de hermosas palabras nostálgicas que resumen esa ideología de la adaptación conservadora: valores, tradición, fidelidad... Hoy, esas palabras ya ni siquiera son tales, sino sencillamente imágenes, estereotipos como tantos otros, en los que sobreviven algunos tópicos de la bravura masculina que lo tienen francamente difícil, aunque el caballero del desierto se haya convertido en jugador de polo. Esos estereotipos y, en general, el conjunto de las imágenes convencionales y sorprendentes al mismo tiempo en las que se detiene la mirada del fotógrafo encuentran su fuerza probablemente en el hecho de que se han sacado de su contexto, están aislados, captados en su incongruencia esencial.

En mi opinión, el tema central de esas imágenes no son las singularidades de Dubai. Si la fotografía es a un tiempo lo que muestra y lo que sugiere, aquí sugiere, tras lo kitsch del escenario y la aridez del desierto, la fuerza y la fragilidad de una naturaleza amenazada. Nos pone ante el juego de espejos en el que se pierde la mirada del hombre, al intentar reencontrarse. Nos muestra que Dubai no es tan sólo una imagen deformada de Occidente, un sueño mimético y alienado, sino la verdad del universo mental y físico que hoy nos es común, allá donde vivamos. El gasto desmesurado, la huida hacia adelante, la negación de una realidad que nos horroriza aún más cuando nos sabemos responsables de su degradación... Todo eso es nuestro. De forma deliberada o no, la imitación y la caricatura siempre dicen la verdad.

El ojo crítico del fotógrafo localiza esa verdad, la hace salir de su escondrijo y nos la transmite con la temible inocencia que vive en la esencia de su arte. Basta que nos muestre uno a uno los elementos del sueño que los ha reunido (un obelisco, una taza de café gigante, una nave espacial, etcétera) para que percibamos en ellos, irrisorios e inquietantes, los pedazos desprendidos de nuestro futuro imposible.




Marc Augé
2008